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Capí­tulo 1

De TocandoFondo, la enciclopedia libre.

Mi novia tenía el 15 por ciento de mi edad, y para un tipo chapado a la antigua como yo, eso resultaba algo incómodo. Se llamaba Lil, y pertenecía a la segunda generación Disney World. Sus padres se contaban entre los adócratas originales que se hicieron con la gestión de Liberty Square y de la isla de Tom Sawyer. Ella había sido, literalmente, criada en Walt Disney World. Y se notaba.

Se notaba. Era pulcra y eficiente en cada detalle, desde su radiante pelo rojo hasta la minuciosa contabilidad de cada mecanismo y pieza de los animatrónicos que estaban a su cargo. Sus padres estaban en vasijas canópicas en Kissimmee, viajando zombi por un par de siglos.

Un bochornoso miércoles, ya a media noche, estabamos sentados con los pies suspedidos por encima del muelle del bote Liberty Belle, mirando la lánguida bandera confederada sobre Fort Langhorn, en la isla de Tom Sawyer. El Reino Mágico estaba ya cerrado, y hasta el último invitado había sido perseguido hasta las puertas de salida debajo de la estación de trenes de Main Street. Por fin podíamos dar un profundo suspiro de alivio, deshacernos de nuestros disfraces y relajarnos juntos mientras cantaban las cigarras.

Yo ya tenía más de un siglo de edad pero aún disfrutaba de esa magia de tener mi brazo alrededor de los tibios y hermosos hombros de una chica a medianoche, apartados del ajetreo de los grupos de limpieza cerca de los torniquetes de la entrada, respirando el tibio y humedecido aire. Lil amoldó su cabeza a mi hombro y me dio un beso de mariposa bajo la mandíbula.

Her name was McGill —canté apaciblemente.

But she called herself Lil —cantó ella con un tibio aliento sobre mis clavículas.

And everyone knew her as Nancy —canté.

Estaba extasiado de saber que ella conociera a los Beatles. Después de todo, ya eran noticia vieja en mi juventud. Pero sus padres le habían dado una profunda —por no decir ecléctica— educación.

—¿Quieres dar un paseo de revisión? —preguntó. Era uno de sus deberes favoritos, explorar cada centímetro de las atracciones bajo su responsabilidad con las luces encendidas, luego de que las hordas de turistas habían desaparecido. A ambos nos encantaba observar la estructura bajo la cual se fundamentaba la magia. Quizá por eso era por lo que yo seguía hurgando en esta relación.

—Estoy un poco molido. Quedémonos aquí otro rato, si no te importa —echó un teatral suspiro—. Vale, está bien. Viejito —se acercó y suavemente pellizcó mi pezón y dí un saltico. Creo que la diferencia de edades le incomodaba también aunque se mofaba de mí por dejar que eso me preocupara.

—Creo poder aguantar tambaleando un recorrido por la Mansión Encantada si me das un momento para darle descanso a mi bursitis —pude sentir su sonrisa contra mi camiseta. Ella adoraba La Mansión; le encantaba encender los fantasmas del salón de baile y bailar con ellos su vals sobre el suelo polvoriento, le encantaba mirar fijamente los bustos de mármol de la biblioteca que te seguían con la mirada mientras pasabas.

A mí también me gustaba, tanto como sentarme allí con ella, mirando el agua y los árboles. Estaba a punto de incorporarme cuando escuché un suave ping en mi cóclea. —Maldita sea —dije-. Me llaman.

—Dí que estás ocupado —dijo ella. —Ok —le dije, y respondí la llamada subvocalmente. —Aquí Julius. —Hola Julius, es Dan. ¿Tienes un minuto?

Conocía a miles de Dan, pero reconocí la voz de inmediato, aunque habían pasado ya diez años desde la última vez que nos emborrachamos en el Gasú. Puse en mute el subvocal y dije, "Lil, tengo que atender esta, ¿te importa?"

—No, no. De ninguna manera —me lanzó con sarcasmo. Se sentó, sacó la pipa de crack y la encendió.

—Dan —subvocalicé— ¡Qué tiempo que no hablábamos!

—Sí amigo, ha pasado mucho tiempo —dijo, y se le quebró la voz en un sollozo.

Giré y le lancé una mirada tal, que soltó inmediatamente la pipa. —¿Puedo ayudarte en algo? —dijo ella, suave pero diligentemente. Le hice señas para que se fuera y cambié el teléfono a moda vocal completo. Mi voz sonaba poco natural en la calma de grillos derredor.

—¿Dónde estás Dan? —le pregunté.

—Aquí, en Orlando. Estoy enfrente de Pleasure Island.

—Ok —le dije—. Nos vemos en, eh, el Adventurer's Club, arriba, en el sofá de la puerta. Estaré allí en... —mire a Lil, que conocía las rutas privadas de los miembros de reparto mejor que yo. Me enseñó diez dedos—. Diez minutos.

—Ok —dijo—. Perdona —ya tenía su voz bajo control. Colgué.

—¿Qué pasa?, me preguntó Lil.

—No estoy seguro. Un viejo amigo está aquí. Suena a que tiene un problema grave.

Lil apuntó un dedo hacia mí e hizo el gesto de apretar el gatillo. —Ahí tienes —dijo—. —Acabo de dejarte la mejor ruta a Pleasure Island en tu directorio público. Mantenme al tanto, ¿ok?

Me dirigí hacia la entrada del sistema de mantenimiento cerca del Hall of Presidents y bajé las escaleras hacia el zumbar del sistema de túneles subterráneos. Cogí la cinta trasportadora hacia el aparcamiento para el reparto y apresuré mi pequeño carrito hacia Pleasure Island.


---

Encontré a Dan sentado en el sofá en "L" bajo las filas de trofeos falsos, inscritos con divertidos rótulos. Abajo, los miembros del reparto trabajaban en las máscaras de los animatrónicos e ídolos mientras conversaban con los visitantes.

Dan aparentaba ciencuenta y tantos, un poco regordete y robusto. Tenía unas ojeras de mapache bajo sus ojos y se le notaba un gran bajón de energía. Mientras me acercaba, hice ping a su Whuffie y me quedé realmente sorprendido de verlo en casi cero.

—Por Dios —dije mientras me sentaba a su lado—. Estas hecho una mierda Dan.

Asintió. —Las apariencias pueden engañar —dijo—. Pero en este caso son acertadísimas.

—¿Quieres que hablemos de eso? —le pregunté.

—¿En otro sitio, no?, me han dicho que aquí hacen lo de año nuevo cada medianoche; creo que eso sería un poquito demasiado para mí ahora mismo.

Lo llevé a mi carrito y navegamos hacia la casa que yo compartía con Lil, en Kissimmee. Fumó ocho cigarrillos en los veinte minutos del viaje, martillaba uno detrás de otro y llenaba el carrito de nubarrones asquerosos. Me mantuve echándole un ojo de vez en cuando a través del retrovisor. Tenía los ojos cerrados y, en reposo, parecía como muerto. No me podía creer que este era el héroe de acción que de antaño había sido mi colega.

A escondidas llamé al teléfono de Lil. —Le llevo a casa —subvocalicé—. Está bastante mal. Ni idea de qué va esto.

—Alistaré el sofá —dijo—. Y pondré a hacer un poco de café. Te quiero.

—Y yo a tí, niña —dije.

Mientras nos acercábamos a la chabacana y pequeña casa tipo ranchera, él abrió los ojos. —Eres todo un colega Jules —le hice un gesto con la mano—. No, en serio. Pensé mucho en a quién llamar y eras el único. Te he echado de menos amigo.

—Lil ha dicho que haría café —le dije—. —Suenas a como que lo necesitas.

Lil esperaba en el sofá. Había una sábana doblada y una almohada extra en la mesita, una jarra de café y algunas tazas de Disneylandia Pekín al lado. Se levantó y extendió la mano. —Soy Lil —dijo.

—Dan —dijo él—. Encantado.

Supuse que ella hacía ping a su Whuffie y pillé su mirada de sorpresiva desaprobación. Nosotros los ancianos, anteriores al Whuffie, sabemos que es importante; pero para los chicos, es el mundo. Cualquier mortal sin Whuffie es automáticamente un sospechoso. Le miré recuperarse rápidamente, sonreír, y cuidadosamente limpiarse la mano en los vaqueros. —¿Café? —preguntó.

—!Sí, por favor¡ —dijo Dan, y se acomodó en el sofá.

Ella le sirvió una taza y lo puso en un posavasos sobre la mesita. —Les dejaré chicos, para que se pongan al día entonces —dijo. Y enfiló hacia la habitación.

—No —dijo Dan—. Espera. Si no te importa. Creo que será de ayuda hablar con alguien... joven también.

Ella se instaló en la cara la ineludible alegre mirada que todos los miembros de reparto de segunda generación tenían a su inmediata disposición y se sentó en la silla. Sacó la pipa y encendió una piedra. Yo tuve mi "período crack" antes que ella naciera, justo luego de que lo hicieran descafeinado. Y siempre me sentía viejo cuando le veía a ella y a sus amigos encender. Dan me sorprendió al estirar una mano y coger la pipa. Aspiró profundamente y la regresó.

Dan cerró los ojos nuevamente, luego encalló sus puños en ellos y luego probó el café. Estaba claro que estaba meditando por dónde comenzar.

—Me parece que me creía más valiente de lo que realmente era. En eso se resume —dijo.

—¿Quién no? —le dije.

—De verdad pensé que podía hacerlo. Sabía que algún día me quedaría sin cosas que hacer, cosas que ver. Sabía que algún día acabaría. Tú recuerdas, solíamos discutir sobre eso. Juré que acabaría y ese sería el final de todo. Y ya lo he hecho. No queda ningún sitio en mundo que no sea parte de la Bitchum Society. No existe nada más a lo que quiera pertenecer.

—Viaja zombie por un par de siglos —dije—. Decide luego.

—!No! —gritó, dejándonos estupefactos a ambos—. Terminé. Se acabó.

—Entonces hazlo —dijo Lil.

—No puedo —sollozó y clavó la cabeza entre las manos. Lloró como un bebé, con grandes sollozos y ronquidos que estremecían todo su cuerpo. Me senté a su lado y le dí unas embarazosas palmaditas en la espalda.

—Dios —dijo entre las manos—. Dios.

—¿Dan? —dije con suavidad.

Se sentó y cogió un pañuelo de papel con el que se limpió cara y manos. —Gracias —dijo—. He intentado sacarle provecho a todo aquello, de verdad que sí. He estado los últimos ocho años en Estambul, escribiendo ensayos sobre mis misiones, sobre las comunidades. Hice algunos estudios posteriores y entrevistas. A nadie le interesaba. Ni siquiera a mí. Fumé muchísimo hachís. No funcionó. Así que una mañana me desperté y me fui al bazar y me despedí de los amigos que había hecho allí. Luego fui a una farmacia y le pedí al hombre que me hiciera una inyección letal. Me deseó buena suerte y regresé a mis habitaciones. Allí me senté toda la tarde con la jeringuilla hipodérmica. Decidí consultarlo con la almohada, me levanté la siguiente mañana y lo hice todo otra vez. Miré dentro de mí y comprendí que no tenía los cojones. No tenía los cojones. Simplemente. Había mirado fijamente a través de los cañones de cien pistolas, tuve mil cuchillos contra mi garganta, pero no tuve los cojones de presionar ese botón.

—Llegaste demasiado tarde —dijo Lil.

Ambos volteamos a mirarle.

—Llegaste una década demasiado tarde. Mírate. Estás patético. Si te mataras ahora mismo, serías poco más que un perdedor acabado. Si hubieses expirado diez años antes, te habrías ido en la cima, como un campeón, retirado permanentemente —aterrizó su taza en la mesa haciendo un sonido más fuerte de lo necesario.

A veces, Lil y yo estamos en la misma frecuencia. A veces, es como si ella estuviera en un planeta totalmente diferente. Yo no podía hacer más cosa que quedarme sentado allí, horrorizado, y ella estaba de lo más feliz discutiendo el momento adecuado para el suicidio de mi amigo.

Pero ella tenía razón. Dan asentía con ímpetu y pude observar que él también lo sabía.

—Un día tarde y un dólar corto —suspiró.

—Bueno, no te quedes allí sentado —dijo ella—. Sabes bien qué es lo que tienes que hacer.

—¿Qué? —dije yo, irritado involuntariamente por su tono.

Me miró como si yo me estuviera hiciendo el tonto adrede. —Él lo que necesita es volver a estar arriba. Limpio, seco, en un trabajo productivo. Subir ese Whuffie también. Entonces, podrá matarse con dignidad.

Era lo más estúpido que había escuchado. Dan, sin embargo, le lanzaba una subida de cejas, pensándolo con detenimiento. —¿Cuál has dicho que es tu edad? —preguntó.

—Veintitrés —dijo ella.

—Desearía haber tenido tu coco a los veintitrés —dijo, y echó un suspiro, incorporándose—. ¿Puedo quedarme aquí hasta que termine el trabajito?

Miré a Lil, que lo pensó unos instantes. Luego asintió.

—Claro tío, claro —dije. Le dí unas palmadas en las espalda—. Te vez golpeado.

—Yo diría que con golpeado, no alcanza ni para empezar —dijo.

—Buenas noches, entonces —dije.


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