Capí­tulo 3

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La Bitchum Society había acumulado ya mucha experiencia en el tema de las recuperaciones desde backup: en la era en la que la muerte había sido curada, la gente vivía con temeridad. Algunos se hacían refrescar un par de docenas al año.

Yo no. Odio el proceso. No tanto como para no participar de él, claro. Cualquiera con reservas sobre el asunto, simplemente, bueno, murió hace una generación. La Bitchum Society no necesitaba convertir a sus detractores, sólo sobrevivirlos.

La primera vez que morí, recién había cumplido mi cumpleaños sesenta. Estaba de buceo en Playa Coral, cerca de Varadero, Cuba. Por supuesto, no recuerdo el incidente, pero conocía mis hábitos en ese particular sitio de buceo y posteriormente leí los logs de mis compañeros. Así pude reconstruir los eventos.

Con tanque y máscara prestados, culebreaba el camino hacia las cuevas de langostas. También me habían prestado un traje isotérmico, pero no lo llevaba: la temperatura de sangre del agua salada era fantástica y odiaba erigir barreras entre ella y mi piel. Las cuevas eran de coral y piedras, y se retorcían y giraban como intestinos. Al entrar en cada agujero y al girar cada esquina, podía uno hallarse, de improviso, en medio de toscas esferas de insuperable belleza; mundos como de otro mundo. Inmensas langostas volaban por las paredes y se colaban a través de los hoyos. Bancos de peces, tan brillantes como joyas, se precipitaban ejecutando maniobras precisas que quitaban el aliento cuando yo perturbaba sus atareados días. Normalmente, mis amigos se aseguraban que no me hiciera daño, pero en esta oportunidad me alejé demasiado. Arañé la entrada hacia una cueva, a través de una pequeña abertura.

Donde quedé atrapado.

Mis amigos no estaban tan lejos y golpeé mi tanque con la culata del cuchillo hasta que uno de ellos posó su mano en mi hombro. Adivinó lo que pasaba e intentó tirar de mí para liberarme, pero mi tanque, y el chaleco de control de flote estaban firmemente inmovilizados. Los otros intercambiaban señales debatiendo en silencio la mejor manera de sacarme de allí. De repente, empecé a revolcarme y patear, y entonces desaparecí dentro de la caverna. Menos tanque y chaleco. Aparentemente intenté cortar las correas del chaleco pero en su lugar seccioné el tubo del regulador. Luego de inhalar un tanto de agua salada, me revolqué y me liberé. Hacia la cueva. Aterricé en una monstruosa parcela de coral de fuego. Inhalé otra gran bocanada de agua y pateé como loco en dirección a un pequeño hoyo en la parte superior de la cueva de donde mis amigos me sacaron poco después. Mi cuerpo relucía un aspecto azul-ahogo total, a excepción del bermellón de los hematomas provocados por las picaduras de coral.

Por aquellos días, hacer un backup era un poco más complicado que ahora; el procedimiento tomaba más de un día y tenía que ser llevado a cabo en una clínica especial. Por suerte, había hecho uno un poco antes de ir a Cuba; un par de semanas antes más o menos. El backup anterior a ese tenía mas de tres años, databa de por allá cuando acabé la segunda sinfonía.

Me recuperaron del backup en un clon cultivado hasta edad adulta en el Toronto General. Por lo que a mí respecta, en un instante estaba acostado en la clínica de backups y al siguiente estaba ya en pié. Tomó casi un año superar la sensación de que el mundo entero me estaba jugando una monstruosa mala pasada. Que el cadáver ahogado que había visto era, en efecto, el mío. En mi mente, el renacimiento era tan figurado como literal: el tiempo perdido había sido tal que me sentí en la obligación de socializar más con mis amigos premuerte.

Le conté la historia a Dan durante nuestra primera amistad y puntualizó de inmediato el hecho de que yo había ido a Disney World para pasar una semana aclarando mis emociones, para reinventarme, para mudarme al espacio, para casarme con una loca. Encontraba muy curioso que siempre me rebooteaba en Disney World. Cuando le conté que algún iba a vivir allí me preguntó si eso significaba que iba a dejar de reinventarme. Algunas veces, mientras mis dedos recorrían los dulces rizos de Lil, pensaba en aquel comentario y suspiraba grandes ráfagas de satisfacción a la vez que me maravillaba de cuánto de vidente tenía mi amigo Dan.

La siguiente vez que morí, ya habían mejorado un poco la tecnología. Tuve un severo derrame cerebral en mi setenta y tres cumpleaños; colapsé en medio del hielo durante un partido de hockey de una liga para aficionados. Para cuando cortaron mi casco, el hematoma había aplastado mi cerebro y fabricado una pasta de sangre. Había sido poco estricto con los backups y perdí casi un año. Pero me despertaron delicadamente con un resumen generado por computador sobre los eventos acontecidos durante el intervalo, y un consejero me contactó a diario durante un año hasta que me sentí a gusto dentro de mi piel. Nuevamente, mi vida había sido rebooteada y arrastrada a Disney World donde, metódicamente desollé las relaciones que había construido para empezar luego, desde cero, en Boston. Allí viví en el suelo del océano y trabajé en las cosechadores de metales pesados, un trabajo que me llevó, eventualmente, a mi tesis de química en la Universidad de Toronto.

Dan y Lil estaban sentados a mi lado. La cara de Lil, cansada y sonriente, resplandecía alrededor de los cabellos que se habían zafado de su coleta. Cogió mi mano y besó mis tersos nudillos. Dan sonrió con cariño. Me embargaba un confortante sentimiento de calidez producto de estar rodeado de la gente que de verdad me quería. Escarbé en búsqueda de palabras apropiadas a la escena, decidí improvisar sobre la marcha, abrí mi boca y dije, para mi sorpresa, “Quiero mear”.

Dan y Lil sonrieron entre sí. Di tumbos al salir de la cama, y desnudo, llegué —golpeando cosas—, hasta el baño. Mis músculos eran extraordinariamente ágiles y tenían una elasticidad de estreno. Luego de bajar la cadena, me incliné, sujeté mis tobillos e impulsé mi cabeza hasta el suelo, sintiendo la maravillosa flexibilidad de mi espalda, piernas y nalgas. Ya no estaba una cicatriz en mi rodilla, así como muchas de las líneas que antes entrecruzaban mis dedos. Cuando miré al espejo, observé que mi nariz y los lóbulos de las orejas eran más pequeños y alegres. Las familiares patas de gallo y líneas de la frente entre las cejas habían desaparecido. Tenía un día de barba por doquier: cabeza, cara, pubis, brazos, piernas. Una renovada vulnerabilidad a las cosquillas hizo que no pudiera aguantar las risas que provocaban mis manos al recorrer mi cuerpo. Estuve tentado por un segundo a depilarme por completo para mantener esa sensación de novedad para siempre, pero la programación inicial de los neurotransmisores se estaba evaporando y un sentimiento de agobio por mi asesinato estaba ocupándome poco a poco.

Me até una toalla a la cintura y deshice mi camino de regreso a la habitación. El olor a limpias baldosas, a flores, a rejuvenecer, pegaba con intensidad en la nariz, efervescente como alcanfor. Dan y Lil se pusieron de pié cuando entré en la habitación y me echaron una mano para meterme en la cama. —Esto es una mierda —dije.

Luego del terminal de subida, me dirigí a la cita con Dan usando los túneles del sistema de mantenimiento. Tres imágenes rápidas de las cámaras de seguridad: una en el terminal, una en el pasillo y una en la salida del paso subterráneo entre Liberty Square y Adventureland. Se me veía aturdido y un poco triste al emerger de la puerta y al comenzar el zigzagueo a través de la multitud. Usaba un sinuoso y rápido movimiento arrastrando los pies que había desarrollado haciendo trabajo de campo en mi tesis sobre control de multitudes. Corté rápidamente a través de la multitud del almuerzo en dirección hacia el alto techo de la Tiki Room. Un techo de paja hecho de tiras relucientes de aluminio pintado para asemejar hierba.

Ahora las imágenes, desde el punto de observación de Dan, son borrosas: estoy moviéndome hacia él, paso cerca de un grupo de chicas adolescentes de codos y rodillas extras que llevan capuchas y mantos de control de clima atestados de logos de Epcot Center. Una de ellas lleva un sombrero safari de la tienda Jungle Traders que está justo fuera del Jungle Cruise. La mirada de Dan gira rápidamente hacia la entrada de la Tiki Room, donde hay una pequeña cola de viejitos; gira de nuevo, justo cuando la chica del sombrero safari saca una estilizada y pequeña pistola orgánica, parecida a un pene con cola que se enrolla alrededor del brazo. Con aire despreocupado, sonriente, levanta el brazo y gesticula con la pistola, exactamente como lo hace Lil con su dedo cuando está haciendo un upload. La pistola arremete hacia adelante. La mirada de Dan se dirige rápidamente hacia mí. Salgo despedido, mis pulmones revientan saliendo del pecho y se esparcen ante mí como pétalos, cartílagos vertebrales y vísceras que bañan a los visitantes delante de mí. Un trozo de la chapa con mi nombre, transformada en metralla, le da en la frente a Dan, haciéndole pestañear. Cuando mira de nuevo, el grupo de chicas aún está allí, pero la de la pistola hace rato que ha desaparecido.

La repetición es mucho menos confusa. Todos, a excepción de mí, Dan y la chica, han sido griseados. Hemos sido iluminados en un amarillo resaltado, nos movemos en cámara lenta. Emerjo del túnel y la chica se mueve desde la Swiss Family Robinson Treehouse a su grupo de amigas. Dan comienza a caminar hacia mí. La chica levanta, monta y dispara la pistola. El bicho inteligente autodirigido, destinado a la química de mi cuerpo, vuela bajo, a ras del suelo, zigzagueando entre los pies de la multitud, moviéndose casi a la velocidad del sonido. Cuando llega hasta mí se dispara hacia arriba y entra en mi columna, detona cuando ha penetrado ya en mi cavidad pectoral.

La chica ya ha recorrido una gran distancia de regreso a la entrada de Adventureland/Main Street, USA. La repetición acelera, le sigue mientras se confunde en la multitud, se zambulle y mueve en ella hacia el pasadizo del Castillo de la Bella Durmiente. Se esfuma, luego reaparece cuarenta minutos después en Tomorrowland, cerca del nuevo complejo Space Mountain y desaparece nuevamente.

—¿Han identificado a la chica? —pregunté una vez recapitulados los eventos. Empezaba ya a hervirme la sangre. Mis nuevos puños, de suaves palmas y yemas libres de callosidades, estaban ya cerrados por primera vez.

Dan negó con la cabeza. —Ninguna de las chicas con las que estaba, habían sido vistas anteriormente. La cara era la de una de las Siete Hermanas, la de Hope —las Siete Hermanas eran una colección en vogue de caras de diseñador. Cada dos adolescentes llevaba una.

—¿Y en Jungle Traders? —pregunté—. ¿No tienen un registro de la compra del sombrero?

Lil frunció el ceño. —Revisamos las compras de los últimos seis meses: sólo tres correspondían a la edad aparente de la chica; las tres tenían coartada. Lo más probable es que lo robara.

—¿Por qué? —pregunté finalmente. En mi cabeza, vi cómo mis pulmones salían despedidos del pecho, como pétalos, como medusas, vértebras pulverizadas en metralla. Vi a la chica sonriendo, casi con picardía sexual, mientras apretaba el gatillo.

—No fue algo al azar —dijo Lil—. El bicho estaba definitivamente programado para ti. Eso significa que en algún momento estuvo cerca de ti esa chica.

Eso significaba que la chica había estado en Disney World en algún punto de los últimos diez años. Eso definitivamente cerraba el cerco.

—¿Qué se hizo luego de Tomorrowland? —dije.

—No sabemos —dijo Lil—. Algo raro pasó con las cámaras. Le perdimos y no reapareció más —su voz sonaba a rabia. Lil se tomaba a pecho las fallas en los equipos del Magic Kingdom.

—¿Quién querría hacer esto? —pregunté mientras odiaba el tonito de autoconsolación de mi voz. Era la primera vez que me asesinaban, pero no había necesidad de montar un dramón.

Los ojos de Dan adquirieron una mirada de lejanía. —A veces, la gente hace cosas que parecen perfectamente razonables para ellas, cosas que el resto del mundo no podría empezar a entender. He visto algunos asesinatos y nunca parecen tener sentido alguno —se acarició el mentón—. Algunas veces, es mejor observar en búsqueda del temperamento en lugar del motivo: ¿Quién podría haber hecho esto?

Muy bien. Todo lo que había que hacer era investigar a todos los psicópatas que habían visitado el Magic Kingdom en diez años. Eso cerraba el cerco considerablemente. Desplegué un HUD para mirar la fecha. Habían pasado cuatro días desde mi asesinato. Tenía un turno dentro de poco en los torniquetes de la Mansión Encantada. Me encantaba hacerme con un par de turnos de esos al mes, sólo para mantener los pies en tierra; me ayudaba a tomar contacto con la realidad mientras me revolvía en el clima enrarecido de mis estudios y simulaciones de control de multitudes.

Me levanté y me dirigí hacia mi armario y empecé a vestirme.

—¿Qué haces? —preguntó Lil alarmada.

—Tengo un turno. Voy a llegar tarde.

—No estás en condiciones de trabajar —dijo Lil cogiéndome con fuerza del codo. Me la sacudí con ímpetu.

—Estoy bien, como nuevo —ladré una risa sin gracia—. No voy a dejar que esos malditos interfieran más en mi vida.

¿Esos malditos? Pensé. ¿Cuándo había decidido que era más de uno? Aunque también sabía que no podía ser de otra manera. No había forma en la que esto hubiese sido planeado por una única persona: había sido ejecutado con demasiada precisión, demasiado meticuloso.

Dan bloqueó la puerta de la habitación. —Espera un segundo —dijo—. Necesitas descansar.

Le clavé una lúgubre y feroz mirada. —Yo seré quien decida eso —dije. Se apartó.

—Me iré contigo entonces —dijo—. Por si acaso.

Hice ping a mi Whuffie. Había subido un par de percentiles —Whuffie de compasión— pero estaba descendiendo: Dan y Lil irradiaban desaprobación. Que se jodan.

Abordé mi carrito y Dan se encaramó por la puerta del pasajero a la vez que yo metía la marcha y aceleraba.

—¿Estás seguro de que estás bien? —dijo Dan mientras casi vuelco el carrito al girar la esquina que estaba al final de nuestra calle cortada.

—¿Por qué no habría de estarlo? —dije—. Estoy como nuevo.

—Interesante selección de palabras —dijo—. Se diría que estás nuevo.

Gruñí. —No empecemos de nuevo —dije—. Me siento como yo mismo y nadie más está haciendo esa afirmación. ¿Qué importa si he sido restaurado desde un backup?

—Lo único que digo es que, hay una diferencia entre ti y una copia exacta de ti. ¿O no?

Sabía exactamente lo que intentaba, distraerme con una de nuestras tradicionales peleas. No pude resistir el cebo, y mientras organizaba mis argumentos, me calmé un poco. Dan era de ese tipo de amigos, de los que te conocían mejor que tú mismo. —¿O sea, lo que quieres decir es que si eres destruido y luego rehecho, átomo a átomo, ya no serás el mismo?

—Dime algo: ¿ser destruido y rehecho es distinto a no se destruido, verdad?

—Tienes que pulir un poco tu mecánica cuántica amigo mío. Somos destruidos y rehechos un trillón de veces por segundo.

—En un nivel muy pequeño...

—¿Y cuál es la diferencia?

—Ok, te concedo eso. Pero tú no eres una copia átomo a átomo. Eres un clon con un cerebro copiado. Eso no es lo mismo que destrucción cuántica.

—Algo muy apropiado que decirle a una persona que ha sido recientemente asesinada compadre. ¿Tienes algún problema con los clones?

Y ya todo estaba bien.




Los miembros del reparto de la Mansión se comportaban enfermizamente alegres y solícitos. Cada uno se las arregló para acercarse y tocarme el almidonado hombro del disfraz de mayordomo mientras me decía que si necesitaba cualquier cosa... A todos les di la misma sonrisa ensayada e intenté concentrarme en los visitantes, cómo esperaban, cuándo llegaban, cómo se dispersaban por la puerta de salida. Dan revoloteaba cerca, montaba de vez en cuando la atracción de ocho minutos veintidós segundos para protegerme del ataque de los del reparto.

Estaba cerca cuando llegó mi break. Me vestí de civil y caminamos por las atestadas calles hasta el Hall of the Presidents, donde noté, al girar la esquina, algo extraño en el área de la cola. Dan refunfuñó. —Ya lo han hecho —dijo.

Miré detenidamente. Los torniquetes estaban bloqueados por un anuncio en sandwich: Mickey con una peluca de Ben Franklin y sus bifocales anunciando: “¡Disculpen el desastre! ¡Estamos haciendo renovaciones para servirle mejor!”.

Divisé a uno de los compinches de Debra detrás del anuncio con una sonrisa de gran satisfacción en la cara. El tío había comenzado la vida en este mundo como un achaparrado chino del norte, pero se había hecho estirar los huesos y alargado tanto la cara, que lucía casi élfico. Miré su sonrisa y comprendí: Debra había puesto pie en Liberty Square.

—Introdujeron los planes ante el comité de dirección para el nuevo Hall una hora después de que fuiste asesinado. Al comité les encantó, así como a la gente en la red. Prometen no tocar La Mansión.

—No habías dicho nada —dije, molesto.

—Pensamos que te apresurarías a sacar conclusiones. El momento no era el más adecuado, pero tampoco existen evidencias de que ellos fueran quienes organizaron el asesinato. Además, todos tienen una coartada. Incluso han ofrecido sus backups como prueba.

—¡Claro! —dije—. ¡Qué bien! Así que resulta que por casualidad ellos tenían planes preparados para el nuevo Hall. Y resulta que por casualidad los introdujeron luego de que me dispararan, cuando nuestros adócratas estaban ocupados preocupándose por mí. Qué coincidencia.

Dan sacudió la cabeza. —No somos estúpidos Jules. Nadie piensa que es una coincidencia. Debra es el tipo de persona que mantiene muchos planes en espera, por si acaso. Pero eso sólo la hace una oportunista bien preparada, no una asesina.

Me sentí con nauseas y exhausto. Era tan miembro del reparto que busqué una entrada de mantenimiento antes de desplomarme contra una pared. Con la cabeza baja. Un sentimiento de derrota se colaba por todo mi cuerpo, saturándome.

Dan se agachó a mi lado. Alcé la mirada. —Ponte en el caso, —dijo—, por el momento, que Debra lo hizo, que te tendió la trampa para que ella pudiera tomar el poder.

Sonreí, a mi pesar. Este era el número que montaba para elaborar justificaciones, lo que hacía siempre, desde los viejos tiempos, para que yo cayera en uno de sus trampas retóricas. —Ok, me pongo en el caso.

—¿Por qué querría ella: uno, deshacerte de ti en lugar de Lil o alguno de los otros veteranos; dos, apoderarse del Hall of Presidents en lugar de la Isla de Tom Sawyer o incluso de La Mansión; y tres, hacerlo con una movida tan flagrante y sospechosa como esa?

—Ok —dije, aceptando el reto—. Uno: soy lo suficiente importante para provocar molestias pero no tan importante como para iniciar una investigación completa. Dos: la isla de Tom Sawyer sería demasiado evidente, no es posible reconstruirla y pasar desapercibido. Tres, Debra acaba de llegar de Pekín, donde el concepto de sutileza, la verdad, significa muy poco.

—Sí —dijo Dan—. Ok —y entonces disparó su salvo de argumentos, y mientras yo maquinaba respuestas, me ayudó a ponerme en pie y me llevó a mi carrito, discutiendo todo el camino. Cuando caí en cuenta, ya no estábamos en el Parque. Estaba en casa, descansando en cama.



Con todos los animatrónicos aparcados, Lil tenía más tiempo libre entre manos que ideas sobre cómo usarlo. Se la pasaba en nuestro pequeño bungalow, ambos en el salón, mirando perplejos las ventanas mientras respirábamos con desgano el claustrofóbico y recalentado aire de la Florida. Tenía en mi gestión de colas mis notas de trabajo sobre la Mansión y las retocaba sin descanso. A veces, Lil montaba un HUD espejo para mirarme trabajando y hacer sugerencias basadas en su larga experiencia.

Es un trabajo delicado este de incrementar la capacidad de la atracción sin afectar la experiencia del visitante. Pero por cada segundo que pudiera exprimir al tiempo entre hacer cola y salir, se podrían meter otros sesenta visitantes y machacarle treinta segundos al tiempo total de espera. Y a más visitantes que disfrutaran La Mansión, más iban a sufrir de Whuffie los colegas de Debra de pretender algún movimiento contra ella. Así que trabajé profundamente sobre las notas y encontré tres segundos que machacarle a la secuencia del cementerio si hacía girar los vagones hacia la izquierda, mientras descendían desde la ventana del ático: al expandir el campo de visión de los visitantes, podía exponerlos a todas las escenas en menos tiempo.

Ejecuté los cambios en una simulación, los apliqué luego del cierre e invité a los otros adócratas de Liberty Square a probarlos.

Hacía otro de esas bochornosas tardes de invierno prematuramente oscuras. Los adócratas trajeron suficientes amigos y familiares para simular una hora pico. Esperamos sudando en el área previa a que se abrieran las puertas mientras se escuchaban, desde los altavoces ocultos, aullidos de lobos y variados llantos de horror.

Se abrieron las puertas, mostrando a una Lil en un putrefacto uniforme de sirvienta, de ojos delineados en negro y piel pálida de muerte. Nos dio una fría mirada y entonó “Master Gracey solicita más cuerpos”.

Mientras nos amontonábamos en la fría y húmeda penumbra del salón, Lil se las arregló para echarme una apretadita cariñosa en una nalga. Me di la vuelta para devolver el favor y vi como el camarada elfo de Debra asomaba por encima del hombro de ella. Mi sonrisa desapareció en el acto.

Nuestras miradas se cruzaron por un momento y vi en la de él una extraña mezcla de crueldad y preocupación de la que no supe qué sacar. Miró hacia otra parte de inmediato. Sabía que Debra tendría espías entre los asistentes, claro, pero con el elfo mirando, decidí hacer de este, el mejor show del que fuera capaz.

Es un trabajo delicado esto de mejorar un show desde dentro. Lil ya había deslizado la pared en paneles que conducía a la segunda y alargada habitación, la que más recientemente había estado en mantenimiento.

Una vez con la gente dentro, intenté dirigir sus miradas hacia las nuevas luces ajustando mi lenguaje corporal con sutiles poses. Cuando la recientemente remasterizada banda sonora empezó a tocar desde las gárgolas-candelabro de las esquinas de la sala octagonal, incliné un poco mi cuerpo en la dirección de las estéreo-imágenes en movimiento. Un instante antes de que las luces se esfumaran, fijé ostentosamente mis ojos en el techo de tela y noté como los demás imitaban. Así que pudieron ver la repentina caída del cadáver que brillaba en ultravioleta y cómo se sacudía contra la soga que le rodeaba el cuello.

El público llenó la segunda área de espera donde se abordan los vagones, los Doom Buggies. Mientras caminábamos sobre el anden móvil, se podía escuchar el rumor de conversaciones de asombro. Entré en mi vagón y un instante después alguien se coló a mi lado. Era el elfo.

Intentó no hacer contacto visual conmigo, pero sentí su mirada de reojo mientras pasábamos el candelabro suspendido en el aire; y en la siguiente etapa del recorrido: el pasillo donde te miran los retratos. Hace dos años, aceleré esta secuencia y añadí giros aleatorios a los vagones. Logré eliminar 25 segundos del recorrido, incrementando así la capacidad por hora de 2365 a 2600 visitantes. Fue la prueba de concepto que me permitió desde entonces la libertad de recortar más segundos. El violento cabeceo del vagón nos puso al elfo y a mí en involuntario contacto. En búsqueda de la barra de seguridad, rocé su mano y sentí cuan fría y sudorosa estaba.

¡Estaba nervioso! Estaba nervioso. ¿Por qué iba a estar él nervioso? Yo era quien había sido asesinado... quizá lo estaba porque tenía que terminar el trabajo. Comencé también a mirarle de reojo, intentado descubrir bultos en sus apretadas ropas, pero los interiores de los Buggys, hechos de reluciente plástico negro, eran demasiado oscuros. Dan estaba en el Buggy que nos seguía, con uno de los miembros habituales del reparto. Llamé a su cóclea y subvocalicé: “Prepárate para saltar en cuanto te lo indique”. Si alguien salía de un vagón, interrumpiría la emisión infrarroja y se detendría el sistema. Sabía que podía contar con la confianza de Dan sin dar muchas explicaciones, lo que significaba que podría mantener bien vigilado al compinche de Debra.

Pasamos del pasillo de espejos hacia el pasillo de puertas, donde manos monstruosas salían de los umbrales, tirando de las bisagras mientras los gruñidos de la grabación se entremezclaban con la conmoción de los porrazos. Pensé: ¿si yo quisiera matar a alguien en La Mansión, cuál sería el mejor lugar? La escalera del ático —la siguiente secuencia— era la mejor apuesta. Una espeluznante revelación me bañó. El elfo me mataría en la penumbra de la escalera, me tiraría del vagón en la curva que conducía luego al cementerio y fin, trabajo hecho. ¿Pero podría hacerlo si le clavaba la mirada? Ya parecía terriblemente nervioso. Giré sobre mi asiento y le miré directo a los ojos.

Ofreció una peculiar media sonrisa y saludó con un cabeceo. Me mantuve mirándole, con las manos en ovillo, preparadas contra cualquier cosa. Bajamos la escalera, encarados, escuchando el clamor de las voces del cementerio y el chillido del cuervo de ojos escarlata. Con el rabillo del ojo atisbé el tembloroso animátrónico del sepulturero y con espanto solté un chillido. Fui súbitamente arrojado hacia delante a la vez que el sistema paraba de improviso.

—¿Jules? —sonó la voz de Dan en mi cóclea—. ¿Estás bien?

Había escuchado mi involuntaria nota de sorpresa y saltado del Buggy, parando el paseo. El elfo me miraba con mezcla de sorpresa y pena.

—Todo bien, todo bien. Falsa alarma —llamé a Lil y le subvocalicé que iniciara inmediatamente el paseo, que todo estaba bien.

El resto del paseo lo hice con las manos apretadas contra la barra de seguridad, con los ojos clavados hacia delante, resueltamente ignorando al elfo. Examiné el cronómetro que había estado ejecutando. La demo había sido una debacle: en lugar de deshacerme de tres segundos, había añadido treinta. Quería llorar.



Desembarqué del Buggy y aceché rápidamente hacia el área de salida, apoyándome pesadamente sobre la cerca. Miraba perdido hacia el cementerio de mascotas. Mi cabeza daba vueltas: estaba fuera de control, asustándome con sombras. Estaba aterrado.

Y no tenía razones. Claro, había sido asesinado, ¿pero qué me había costado? Un par de días “inconsciente” mientras decantaban el backup en mi nuevo cuerpo; un misericordioso vacío en la memoria desde mi salida del terminal de backup hasta mi asesinato. Yo no era uno de esos imbéciles chiflados que se tomaban la muerte en serio. No me habían hecho nada permanente.

Yo sí que había hecho algo permanente: socavé un poco más hondo la tumba de Lil, puse en peligro a la adocracia y, lo peor de todo, a La Mansión. Actué como un completo idiota. Sentí el sabor de mi cena, una hamburguesa de tamaño engullible, y tragué con apuro, forzando hacia dentro el nudo de nausea.

Sentí alguien en mi codo, y pensando que era Lil, acercándose a preguntar qué había pasado, giré portador de una avergonzada sonrisa y me encontré frente a frente al elfo.

Extendió la mano y habló en un llano tono sin acento, como cuando se ejecuta un módulo de idiomas. —¿Hola, qué tal?. No nos han presentado, pero quería decirte lo mucho que me gusta tu trabajo. Soy Tim Fung.

Tiré de su mano, que estaba aún fría y peculiarmente pegajosa para el cerrado calor de la noche de Florida. —Julius —dije, sorprendido de lo mucho que sonaba a un ladrido. Tranquilo, pensé, no hay necesidad de escalar las hostilidades—. Eres muy amable. A mí me gusta mucho lo que han hecho ustedes con Los Piratas.

Sonrió una genuina y avergonzada sonrisa, como si uno de sus héroes le hubiera elogiado. —¿De verdad? Yo creo que está muy bien. La segunda vez que haces algo tienes mayores oportunidades para refinar las cosas, para dar con una visión más acertada. Pekín, bueno, fue emocionante, pero muy acelerado, ¿sabes? Quiero decir, costó una ardua lucha. Cada día aparecía otro nuevo rebaño de ocupantes con intenciones de tirar el Parque abajo. Debra solía enviarme a darle paseitos a cuestas a los niños, sólo para mantener el Whuffie arriba mientras ella desalojaba a los invasores. Ha sido extraordinario tener la oportunidad de refinar los diseños, mejorarlos sin el show en marcha.

Yo sabía de aquello, claro. Pekín había constituido una encarnizada lucha para los adócratas que lo construyeron. Muchos de ellos fueron asesinados. Muchas veces. La misma Debra había sido muerta todos los días durante un semana y restaurada en una serie de clones puestos a punto previamente. Esto, probando una versión beta de los sistemas de una de las atracciones. Era más rápido que probarlo en simulaciones CAD. Debra tenía reputación de hacer siempre lo más conveniente.

—Comienzo a sentir lo que es trabajar bajo presión —dije, mientras dirigía con evidencia la mirada hacia La Mansión. Fue gratificante verle poner primero cara de vergüenza, y luego de angustia.

—Jamás tocaríamos La Mansión —dijo—. ¡Es perfecta!

Dan y Lil deambulaban mientras yo preparaba mis excusas. Ambos parecían preocupados. Ahora que lo pensaba, ambos parecían bastante preocupados desde el día que fui revivido.

El andar de Dan era extraño, como forzado, como si estuviera inclinándose sobre Lil en búsqueda de apoyo. Parecían una pareja. Una llama irracional de celos se propagó con velocidad en mí. Yo era todo un descalabro emocional. Aún así, apenas Lil estuvo al alcancé, tomé su amplia mano de trabajadora, y me acurruqué en su regazo protector. Había cambiado su uniforme de criada a ropas de civil: un sobretodo inteligente de tejido con microporos que respiraba a la par de su respiración.

—Lil, Dan, quiero que conozcan a Tim Fung. Estaba ahora mismo contándome sus historias de guerra en el proyecto de Los Piratas en Pekín.

Lil saludó con la mano y Dan estrechó la de él. —Eso sí que fue trabajo duro —dijo Dan.

Se me ocurrió montar algunos monitores de Whuffie. Era un reacción normal que secundaba con inmediatez el conocer a alguien, pero aún estaba aturdido. Hice ping al elfo. Tenía un montón de Whuffie de izquierda; proveniente del respeto de gente que compartía muy pocas de mis opiniones. Eso, era de esperar. Lo que no esperaba era que su Whuffie ponderado, el que tomaba en cuenta el crédito que le daban las personas que yo respetaba, fuera también alto. Más alto que el mío. Me arrepentí aún más de mi comportamiento no linear. El respeto proveniente del elfo —Tim, tenía que recordar llamarle Tim— tendría mucha influencia en cualquier campo que importara.

La puntuación de Dan, aunque aún con un perfil estropeado, iba en ascenso. Había apilado una buena tajada de Whuffie de izquierda, al que curiosamente encontré cuna en ocasión de mi asesinato, cuando la gente de Debra le concedió un generoso pegote de apoyo por la prudente manera en la que barrió con mi cuerpo, desapareciéndolo del escenario, y minimizando así el disturbio en frente de los extraordinarios Piratas.

Estaba abstraído, deambulando mentalmente en el tipo de ensueño que me mató en el arrecife de Playa Coral, y me desperté con sobresalto al dame cuenta que los otros tres estaban cortésmente ignorando el estallido de mi memoria intermedia. Pude haber rebobinado mi memoria de corto plazo y captar el meollo de la conversación anterior, pero eso hubiera aumentado la pausa. A la mierda. —¿Y cómo van las cosas en el Hall of Presidents? —pregunté a Tim.

Lil me fulminó con una mirada de precaución. Había cedido el Hall a los adócratas de Debra. La única manera de evitarse una percepción de infantil desprecio al todopoderoso Whuffie. Ahora ella debía continuar el teatro de cooperación bienintencionada. Eso significaba: nada de navegar por encima del hombro de Debra en búsqueda de excusas para atacar su trabajo.

Tim nos ofreció la misma media sonrisa con la que se presentó antes. Sus delicados y puntiagudos rasgos le hacían irremediablemente guapo. —Estamos haciendo bien las cosas, creo. Debra ha tenido en mira durante años el Hall, desde los viejos tiempos, antes de ir a China. Estamos reemplazándolo todo con conexiones de banda ancha a la esencia toda de cada uno de los presidentes: titulares de periódicos, discursos, biografías detalladas, papeles personales. Será como tenerles dentro de ti. Bajados en local en pocos segundos. ¡Debra dice que vamos a revivir a los presidentes en la mente! —sus ojos resplandecían en el crepúsculo derredor.

Yo había tenido mi propio revivir recientemente. Así que la descripción de Tim me tocó. Mi personalidad parecía girar a gran velocidad y sin rumbo en mi cabeza, como si no encajara bien. Se me hizo perversamente seductora la idea de embutirla junto a la de 50 y tantos presidentes.

¡Vaya! —dije—. Suena bestial. ¿Y qué tienen pensado para la planta física? —el Hall, tal como era, poseía una calma y patriótica dignidad importada de cientos de edificios gubernamentales del difunto Estados Unidos. Jugar con eso sería como intentar rediseñar las barras y las estrellas.

—La verdad es que esa no es mi área —dijo Tim—. Yo soy programador. Pero podría hacer que uno de los diseñadores te vertieran algunos de los planes, si quieres.

—Ok, eso está bien, —dijo Lil mientras me cogía del codo—. Aunque ya deberíamos irnos a casa —y empezó a arrastrarme con ella. Dan cogió mi otro codo. Detrás de ella, en la penumbra, brillaba la Liberty Belle como un fantasmal pastel de bodas.

—Qué lástima —dijo Tim—. Mis adócratas estarán de trabajo toda la noche. Seguro que les encantaría que se pasaran.

La idea se apoderó de mí. Iría al territorio enemigo, me sentaría junto a su fogata, aprendería sus secretos. —¡Eso sería estupendo! —dije, demasiado alto. Mi cabeza zumbaba un poco. La mano de Lil me dejó.

—Pero si mañana tenemos que levantarnos temprano —dijo Lil—. Tú tienes un turno a las ocho y yo tengo que ir de supermercado al centro —mentía, pero con ello me decía que no era ese su mejor concepto de una movida inteligente. El problema es que mi fe era inquebrantable.

—¿Turno a las ocho a.m.? ¿Cuál es el problema? Allí estaré en punto. Simplemente, me pego un duchazo en el Contemporary (http://www.disney.ca/vacations/disneyworld/II/B/8/) en la mañana y cojo el monorriel de regreso. Justo a tiempo para cambiarme. ¿Ok?

Dan lo intentó. —Pero Jules, ¿no íbamos hoy a cenar en el Cinderella (http://disneyworld.disney.go.com/wdw/dining/diningDetail?id=CinderellasRoyalTableDiningPage)? Hice reservaciones.

—¡Bah!, comer se puede hacer cualquier día —dije—. Esta oportunidad es inmejorable.

—Por supuesto que sí —dijo Dan, claudicando—. ¿Puedo ir también?

Él y Lil intercambiaron elocuentes miradas que interpreté como: “si se va a volver loco, uno de nosotros debería vigilarle”. Yo ya pasaba de todo: iba a desafiar al león en su propia cueva.

Tim, aparentemente, era ajeno a este rollo. —¡No se hable más entonces! Vamos.



De camino al Hall, Dan estuvo llamando a mi cóclea y yo mandándole directo a la contestadora. Mientras tanto, me embarqué en un rollo de charla casual con ambos. Estaba resuelto a reparar el desagravio de La Mansión con Tim. Ganármelo.

La gente de Debra estaba sentada en los sillones del escenario. Los animatrónicos de los presidentes apilados pulcramente a los lados. Debra se tumbada en el sillón de Lincoln, su cabello se recogía con desgano, sus piernas se extendían delante suyo. Los olores a ozono y a limpieza profunda, característicos del Hall, habían sido invalidados por sudor y aceite, el hedor a adócrata que trabaja todo la noche. Para construir el Hall se emplearon quince años, para derribarlo, unos pocos días.

Debra era au-naturel, aún llevaba la cara con la que había nacido, aunque regenerada docenas de veces a causa de sus muertes. Era suntuosa, pulida, alta y esbelta, y con una nariz hecha para mirar desde la superioridad. Tenía, al menos, mi misma edad, aunque ella aparentara 22. Intuí que había escogido esa edad porque le permitía exhibir mejor una ilimitada reserva de energía.

No se dignó a levantarse mientras me acercaba, pero me saludó moviendo la cabeza con pereza. Los otros adócratas se habían replegado en pequeños grupos, encorvados sobre los terminales. Todos portaban las miradas propias de fanáticos privados de sueño, con ojos como de mapache. Incluso Debra, que se las ingeniaba para aparentar pereza y entusiasmo al mismo tiempo.

¿Tú me hiciste asesinar? me pregunté, mirando a Debra. Después de todo, ella había sido asesinada docenas, o cientos de veces. Para ella, el homicidio no debía representar mayor cosa.

—Hola, ¿qué tal? —pronuncié con entusiasmo—. Tim se ha ofrecido a darnos la visita guiada. A Dan ya le conoces, ¿no?

Debra asintió mirándole. —Claro que sí. Dan y yo somos buenos amigos, ¿cierto?

La cara de póquer de Dan no movió un músculo. —Hola Debra —dijo. Dan había estado pasándosela con ellos desde que Lil le informó sobre el peligro que corría La Mansión. Intentaba adquirir inteligencia que nos fuera de utilidad. Claro, ellos sabían lo que quería. Pero Dan era un tipo bastante encantador y trabajaba como mula. Así que le toleraban. Pero al acompañarme, parecía haberse pasado de la raya. Como si mi presencia hubiera desmantelado su afable teatro de ser más del lado de Debra que el de Lil.

Tim dijo: “Debra, ¿puedo enseñarles el demo?”

Debra desfiguró una ceja, y luego dijo, “Claro, por qué no. Les encantará esto muchachos”

Tim nos apresuró hacia el backstage donde Lil y yo acostumbrábamos sudar encima de los animatrónicos y liberar las urgencias reprimidas. Todo había sido desensamblado, empaquetado, apilado. No habían perdido un minuto. Emplearon una semana en desbancar un show que había estado en escena por más de un siglo. La cortina donde se proyectaban partes del show, estaba tirada en el suelo, salpicada de mugre, de pisadas y de aceite de maquinaria.

Tim me enseñó un terminal de backup ensamblado a medias. La carcasa no estaba y un sinnúmero de teclados inalámbricos, punteros y guantes se esparcían alrededor. Tenía la pinta propia de prototipo.

—Esto es. Nuestro terminal de conexión. Hasta el momento, tenemos una aplicación demo corriendo en él: el viejo discurso de Lincoln, junto al montaje de la guerra civil. Activa tu modo de invitado y te lo bajo. Es bestial.

Desplegué mi HUD y activé el acceso de invitado. Tim apuntó un dedo al terminal y mi cerebro se inundó con la esencia de Lincoln: cada matiz de su discurso, sus movimientos meticulosamente estudiados, sus verrugas, barbas y su sobretodo. Por un momento, Me sentí casi el propio Lincoln, luego pasó; aunque pude después seguir sintiendo el sabor persistente a fuego de cañón y a tabaco masticado.

Tambaleé hacia atrás. Mi mente nadaba en estampas sensoriales rescatadas del pasado. Abundantes y detalladas. Supe al instante que el Hall of the Presidents de Debra iba a ser un éxito total.

Dan también probó la conexión. Tim y yo le mirábamos cambiar de expresión: de escepticismo a deleite. Tim me miraba expectante.

—Es realmente bueno —dije—. Real-realmente bueno. Emotivo.

Tim se sonrojó. —¡Gracias! Yo hice la programación gestáltica. Es mi especialidad.

Debra apareció hablando a su espalda. Merodeaba mientras Dan recibía su sacudida. —Me vino la idea en Pekín, en la época en la que moría muy seguido. Es maravilloso lo de tener recuerdos implantados. Se maximiza el trabajo del cerebro. Me encanta la claridad sintética con la que se aprecia todo.

Tim rezongó. —Nada de sintético —dijo girándose hacia mí—, es agradable y apacible, ¿verdad?

Capté profundas diferencias políticas y componía mi respuesta cuando Debra dijo: “Tim intenta siempre hacerlo todo más impresionista, menos computacional. Se equivoca, claro. No queremos simular la experiencia de presenciar el show, queremos que la trascienda”

Tim asentía de mala gana. —Trascender, claro. Pero la forma en la que se logra eso es haciendo la experiencia humana: un kilómetro en los zapatos del presidente. Explotando la empatía. ¿Dónde está la gracia de revivir en el cerebro un montón de hechos esterilizados?


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