Prólogo
De TocandoFondo, la enciclopedia libre.
He vivido lo suficiente para ver la cura para la muerte, para ver erigir la Bitchum Society, para aprender diez idiomas, para componer tres sinfonías, para conseguir mi sueño de adolescencia de residir en Disney World, para ver la muerte de los centros de trabajo y del trabajo mismo. Nunca pensé que viviría lo suficiente para ver el día en el que "Siempre en Movimiento" Dan decidiría viajar zombi hasta la desaparición calorífica del universo.
Dan estaba en su segundo o tercer renacer de juventud cuando lo conocí, a finales del XXI más o menos. Era un vaquero alto y delgado que aparentaba unos 25 años, de crudas líneas de expresión en los ojos y nuca bronceada, y portador con elegancia de unas finas botas infinitamente confortables. Yo estaba en medio de mi tesis de química, mi cuarto doctorado, y él estaba tomándose un respiro de Salvar al Mundo; tomándoselo con calma en el campus de Toronto y derrochando conocimiento en una licenciatura en Antro. Enganchamos en el Grad Students' Union —el GSU, o Gasú para los más informados— durante una noche de viernes ajetreada, primaverosa. Estaba yo luchando una lenta batalla —como la de un coral— por un taburete de estos altos en el desvencijado bar, centimetrando el camino hacia delante con cada cambio en la presión de los cuerpos mientras él montaba uno de los pocos asientos, rodeado de un sembradío de porquería de cigarrillos y de ceniceros visiblemente despejados.
En algún momento de mi incursión, giró la cabeza hacia mí y levantó una ceja emblanquecida por el sol. —Se acerca un poco más, hijo, y vamos a necesitar un acuerdo prematrimonial.
Yo aparentaba cuarenta más o menos, y pensé en indignarme por ser llamado hijo, pero al observar sus ojos comprendí que tenía suficiente tiempo real como para llamarme hijo las veces que quisiera. Retrocedí un poco y me disculpé.
Encendió un cigarrillo y soltó una maloliente y espesa humareda sobre la cabeza del camarero. —No pasa nada. Probablemente estoy un poquito malacostumbrado al espacio personal.
No pude recordar la última vez que escuché a alguien en mundo hablar de espacio personal. Con la tasa de mortalidad en cero y la de nacimientos en no cero el mundo estaba inexorablemente tejiendo una densa alfombra de gentes, a pesar del drenaje migratorio y el uso del viaje zombi en la población. —¿Has estado de excursión? —pregunté. Su mirada era demasiado afilada como para haber perdido un instante de experiencia viajando zombi.
Soltó una risita. —No Señor, yo no. Lo mío es el tipo de bazofia mental de macho que sólo te encuentras en mundo. Lo de las excursiones es para jugar, yo lo que necesito es trabajo—. El vaso de bar tintineó un contrapunto.
Tomé un momento para conjurar un HUD con la puntuación de su Whuffie. Tuve que modificar el tamaño de la ventana: habían demasiados ceros para que cupieran en mi visor estándar. Traté de comportarme como si nada, pero captó el rápido subir y bajar de mis ojos y su involuntario ensanchamiento. Intentó una expresión de "no es para tanto", que no creyó él mismo, y la sustituyó por una orgullosa sonrisa.
—Intento no prestarle demasiada atención. Algunos, exageran de agradecidos—. Debió observar el rápido subir y bajar de mis ojos nuevamente mientras me traía su historial Whuffie. —Para, deja eso, yo te lo cuento, parece que debes saberlo.
—Demonios, ¿sabes?, es muy fácil acostumbrarse a la vida sin hipervínculos. Piensas que de verdad los echarás de menos, pero no.
Entonces comprendí. Era un misionero. Uno de esos moradores de los márgenes que hacían de emisarios de la Bitchum Society para las esquinas iletradas del mundo, donde, por la razón que fuera, las gentes desean morir, pasar hambre y ahogarse en despojos petroquímicos. Es inconcebible que estas comunidades alcancen más de una generación. En el argot de la Bitchum Society, usualmente "sobrevivimos" a nuestros detractores. Los misioneros no tienen una buena tasa de triunfos: debes ser extraordinariamente convincente para penetrar una cultura que ya ha resistido con éxito cerca de un centuria de propaganda. Pero cuando conviertes a toda una aldea, acumulas para ti todo el Whuffie que puedan ofrecer. Con frecuencia, los misioneros terminan siendo recuperados desde un backup cuando no se tienen noticias suyas por más de una década. Nunca había conocido uno en carne y hueso.
—¿Cuántas misiones exitosas has completado? —pregunté.
—¿Ya lo adivinaste, eh? Acabo de regresar ahora mismo de la quinta en veinte años. Unos contrarevolucionarios que estaban escondidos en el antiguo lugar del [NORAD] en Monte Cheyenne. Seguían allí después de una generación—. Se lijó las patillas con la punta de los dedos. —Sus padres se metieron dentro de tierra cuando habían desvanecido los ahorros. Sin necesidad de tecnología más avanzada que la de un rifle. Tenían muchos de esos, por cierto.
Soltó entonces un rollo de cómo ganó la aceptación de los moradores de la montaña, y luego su confianza, y de cómo la traicionó posteriormente de manera sutil y beneficiosa: introduciendo la Energía Libre en sus invernaderos, seguido de un cultivo o dos de geningeniería, y curando un par de muertes. Lentamente y palmo a palmo los metía dentro de la Bitchum Society. Hasta que no pudieron recordar por qué no habían querido pertenecer a ella desde un principio. Ahora estaban la mayor parte del tiempo fuera de mundo, explorando fronteras de juguete con energía ilimitada e ilimitadas provisiones; o viajando zombi para atravesar los períodos aburridos en ruta.
—Imagino que sería demasiado sobresalto para ellos mantenerse en mundo. Nos ven como el enemigo, ¿sabes? Tenían cualquier cantidad de planes trazados para cuando les invadiéramos y raptáramos: dientes huecos para el suicidio, trampas, puntos de retirada y reagrupación para los sobrevivientes. No pueden, simplemente, superar el odio hacia nosotros, aunque nosotros pasemos de su existencia. Fuera de mundo pueden aún pretender que viven ruda y duramente—. Se frotó de nuevo el mentón y sus ásperos callos rasparon sus patillas.
—Aunque para mí, la verdadera vida dura está aquí, en mundo. Los pequeños enclaves, cada uno es como una historia alternativa de la humanidad: ¿Qué tal si hubiésemos abrazado la Energía Libre y no el viaje zombi?, ¿qué tal si hubiésemos aceptado el viaje zombi pero sólo para los enfermos críticos y no para la gente que se aburre con los viajes largos en autobús?, ¿o sin hipervínculos, sin adocracia?, ¿sin Whuffie? Cada persona es diferente y maravillosa.
Tengo un estúpido hábito de argumentar sólo por el gusto y me pillé diciendo: "¿Maravilloso?, sí claro, nada más hermoso que, eh, digamos, morir, pasar hambre, congelarse, achicharrarse, matarse, la crueldad, la ignorancia, el dolor y la miseria. Desde luego que lo echo de menos"
"Siempre en Movimiento" Dan se bufó. —¿Tú crees que un yonqui echa de menos la sobriedad?
Le di un golpe al bar. —¡Hola! ¡Ya no existen los yonquis!
Encendió otro cigarro. —Pero sabes lo que es un yonqui, ¿verdad? Los yonquis no echan de menos la sobriedad porque no recuerdan lo claro que era todo, cómo el dolor hacía el viaje más llevadero. No somos capaces de recordar cómo era eso de trabajar para ganar el sustento, el preocuparse de que posiblemente no hubiese suficiente, que pudiésemos enfermarnos o ser arrastrados por un autobús. No recordamos cómo era eso de tomar riesgos y, seguro como la mierda, que no recordamos qué se sentía intentar que dieran resultados.
Tenía un punto. Allí estaba yo, sólo en mi segunda o tercera edad adulta y ya preparado a mandar todo a la mierda y hacer algo, cualquier cosa diferente. Tenía un punto, pero yo no estaba por la labor de admitirlo. —Eso dices tú. Yo en cambio te digo que tomo riesgos cuando comienzo una conversación en un bar, cuando me enamoro... ¿Y qué hay de los que viajan zombi? Dos que conozco acaban de empezar a viajar ¡por diez mil años! ¡dime que eso no es tomar un riesgo! La verdad sea dicha, casi todos los que he conocido en mis ochenta y pico años estaban viajando zombi o de excursión o simplemente idos. Eran días solitarios, por consiguiente.
—Amigo, eso es cometer medio suicidio. De la forma en la que vamos, tendrán mucha suerte si alguien simplemente no les baja el interruptor cuando les toque la reanimación. En caso de que no te hayas percatado, se está poniendo un poco concurrido esto por aquí.
Lancé algunos vocablos de impaciencia sin sentido y me sequé la frente con una servilleta del bar: El Gasú era bestialmente caluroso las noches verano. —Ajá, tal como el mundo estaba poniéndose un poquito concurrido hace cien años, antes de la Energía Libre. Tal como se estaba volviendo demasiado invernadero, demasiado nuclearoso, demasiado caliente o demasiado frío. Lo reparamos entonces, lo repararemos nuevamente cuando llegue su tiempo. Yo voy a estar aquí dentro de diez mil años, apuesta lo que quieras, pero creo que lo voy a hacer por el camino más largo.
Apuntó hacia mí su mirada de nuevo y le echó un poco de cabeza al asunto. Si hubiese sido cualquier otro de los estudiantes, hubiese asumido que estaba rebuscando datos de refuerzo para su próxima salida. Pero con él, sabía que sólo meditaba sobre ello. A la antigua usanza.
—Creo que si estoy aún aquí en diez mil años, estaré loco de remate ¡Diez mil años tío! Diez mil años atrás, el estado del arte era una cabra. ¿Tú crees que serás algo reconociblemente humano dentro de cien siglos? Yo, yo no estoy ni un poquito interesado en ser postpersona. Un día me voy a despertar y decir, "Ok, creo que ya he visto bastante", y será ese mi último día.
Veía por dónde iba con eso y paré de prestar atención mientras preparaba mi réplica. Probablemente debí prestar más atención. —¿Pero por qué?, ¿por qué no sólo viajar zombi por un par de siglos, mirar si algo te atrae y si no, seguir durmiendo un par más? ¿por qué hacer algo tan final?
Me dejó un poco en la humillación haciendo un despliegue de replanteo, haciéndome quedar como un tipo medio malhumorado de labia cobarde. —Supongo que porque nada más lo es. Siempre he sabido que algún día pararía de moverme, de buscar, de patear y acabar con todo de una vez. Llegará el día en el que ya no tenga nada más que hacer, excepto parar.
En el campus le llamaban "Siempre en Movimiento" Dan gracias a su aura vaquera y su estilo de vida. Siempre logró ponerse a la altura de cada conversación que tuve con él en los siguientes seis meses. Hice ping a su Whuffie de vez en cuando y noté cómo subía imparable. Acumulaba cada vez más aprecio de la gente que lo conocía.
Yo más o menos mandé a la mierda mucho de mi Whuffie —todos los ahorros provenientes de las sinfonías y de las tres primeras tesis— bebiendo estúpidamente en el Gasú, acaparando terminales en la biblioteca y molestando profes hasta gastar todo el respeto que me había ganado. Todos excepto Dan, que regularmente y por alguna razón, me invitaba cervezas, a comer y al cine.
Tuve la sensación de ser alguien especial: no todos tenían un amigote tan exótico como "Siempre en Movimiento" Dan, el legendario misionero que había visitado los únicos lugares que quedaban cerrados a la Bitchum Society. No estoy muy seguro del por qué andaba conmigo. Mencionó alguna, o un par de veces, que le gustaban mis sinfonías y había leído algo acerca de mi tesis en ergonomía sobre la aplicación, en entornos urbanos, de las técnicas de control de multitudes en parques de atracción. Al parecer le gustaba lo que yo decía allí. Pero creo que todo se reducía a que nos la pasábamos bien poniendo de los nervios al otro.
Solía hablarle de la vasta alfombra de futuro que se desenrollaba frente al hombre, de la certeza de que un día encontraríamos inteligencias alienígenas, de inimaginables fronteras que se abrían para cada uno de nosotros. Él decía que el viaje zombi constituía un fuerte indicador de que nuestro reservorio personal de introspección y creatividad estaba vacío y que, sin lucha, no existe la verdadera victoria. Era una buena discusión, una que podíamos tener mil veces sin llegar a acuerdo alguno. Lograba que le otorgara que el Whuffie había recuperado la verdadera esencia del dinero: en los tiempos antiguos, si estabas en la quiebra pero eras respetado, no pasabas hambre; en cambio, si eras rico y odiado, ninguna suma podía comprarte seguridad y paz. Al valorar la verdadera cuestión que el dinero realmente representaba —tu capital personal con amigos y vecinos— se medía con mayor acierto tu éxito.
Luego me conducía sutilmente por un muy cuidadoso y cebado sendero que me llevaba a admitir que mientras que sí, que algún día podríamos encontrar especies alienígenas de salvajes y fabulosas maneras, que ahora mismo, existía una un poco deprimente homogeneidad en el mundo.
En un hermoso día de primavera, defendí mi tesis ante dos humanos encarnados y ante un profesor cuyo cuerpo estaba en medio de una revisión y cuya conciencia estaba presente vía teléfono manos libres desde el computador en el que reposaba. A todos les gustó. Recogí mi piel de cordero y salí en búsqueda de Dan por las dulces calles apestadas a flores.
Se había ido. La licenciatura de Antro que había estado torturando con sus historias de guerra decía que habían acabado esa mañana, y que él se dirigía a la ciudad amurallada de Tijuana a intentarlo con los descendientes de un pelotón de Marines de los Estados Unidos, que se habían asentado allí y se habían aislado fuera de la Bitchum Society.
Así que me fui a Disney World.
En deferencia a Dan, tomé el vuelo en tiempo real, en la minúscula cabina reservada para aquellos de nosotros que obstinadamente rehuíamos ser congelados y amontonados como leños por las dos horas de vuelo. Era el único que tomaba el vuelo en tiempo real. A pesar de ello, una servicial azafata me sirvió un zumo de naranja en presentación “muestra de orina” y una maloliente tortilla, que parecía de goma. Miré con la mirada perdida por la ventana las infinitas nubes mientras el piloto automático esquivaba la turbulencia. Me preguntaba cuándo vería de nuevo a Dan.
Comentarios
Tus comentarios sobre el texto, sugerencias, etc, aquí:
- .
- ...

